2 de junio de 1835: el día que Barnum inventó el circo mediático

El 2 de junio de 1835, Phineas Taylor Barnum, un joven comerciante de veinticinco años, firmó en Nueva York el contrato que cambiaría su vida y la historia del espectáculo en vivo.

P. T. Barnum

Ese día, aunque la esclavitud estaba abolida, aprovechó un vacío legal para "comprar" a una mujer llamada Joice Heth, una ex esclava afroamericana. Pero Joice Heth no era una mujer común, ya que supuestamente había sido la nodriza del propio George Washington y tenía... ¡161 años!

El precio de la transacción ascendió a 1000 dólares, una suma considerable para un hombre sin un centavo que tuvo que pedirlos prestados.

Nadie sabe la verdadera edad de Joice Heth. Está ciega, paralizada, pero habla —con una vivacidad asombrosa— de «Little George», de su institutriz, de Mount Vernon. Barnum la instaló en una sala del Bajo Manhattan y él mismo redactó los anuncios para los periódicos. Soñaba con hacer grandes giras por todo el mundo. Hizo imprimir en sus carteles: «Ella no es simplemente mayor. Es un monumento viviente. Ha tenido en sus brazos al niño que fundaría una nación».

Joice Heth

La invención del ruido mediático

Aquí es donde se revela la genialidad de Barnum. No se contenta con exhibir a Joice Heth: organiza el debate público en torno a ella. Semanas después del inicio de la gira, envía anónimamente una carta a la prensa afirmando que la anciana no es humana, que se trata de un autómata de goma animado por un ventrílocuo.

Las multitudes, que empezaban a cansarse, volvieron a acudir en masa. Los escépticos querían ver el mecanismo. Los creyentes querían defender la autenticidad de la maravilla. Los periódicos publicaron editoriales encendidos. Barnum, en la sombra, vendía entradas tanto a unos como a otros.


Una lección que sigue resonando

El 2 de junio de 1835, Barnum inventó el espectáculo moderno en lo que tiene de más ambiguo y fascinante: una experiencia construida sobre un relato, amplificada por la polémica, vendida a aquellos mismos que dudan. Dos siglos después, sus herederos están por todas partes: en la publicidad, las redes sociales y las grandes ilusiones escénicas...

 

 

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