Otto Wessely: la elegancia cómica del Crazy Horse
Un austriaco sin blanca en París
En octubre de 1971, un joven mago austriaco llega a París sin un céntimo en el bolsillo. Como equipaje artístico, solo tiene un número de bastones y un truco de cuchillas de afeitar. Se llama Otto Wessely. Todavía no lo sabe, pero se convertirá en una de las figuras más destacadas del cabaret mágico francés de la segunda mitad del siglo XX —y, más tarde, en una especie de institución silenciosa para varias generaciones de magos profesionales parisinos.
Sus inicios no son gloriosos. Actúa en el Lucky Strip, un cabaret de tercera categoría donde permanecerá tres años, antes de encadenar «algunas otras actuaciones en cabarets con chicas más o menos elegantes». Ese mismo año se le une la que se convertirá en su compañera de escenario y de vida: Christa. La pareja pasa primero por compromisos precarios, hasta un espectáculo, Magic Folies, donde Otto recuerda haber tomado a «auténticos magos profesionales» por comediantes que interpretaban a magos anticuados —un malentendido que dice mucho sobre el estado de la profesión en aquella época.
El nacimiento de «Cordini» y la elegancia como sello distintivo
El punto de inflexión llega a mediados de los años 70. En noviembre de 1974, Otto y Christa se encuentran en un sórdido cabaret en Italia y deciden montar un número de «magia cómica» que esperan que les haga famosos y ricos. El número resulta un fracaso y el dúo lo abandona casi de inmediato. Habrá que esperar casi tres años, y un sketch que «se pudría en el maletero de su coche», para que el concepto reviva y finalmente encuentre su público —primero en Suiza, donde la prensa local elogia calurosamente el espectáculo, y luego de vuelta en París.
Es en este período crucial donde nace la identidad escénica que dará fama a Otto Wessely: una elegante parodia de Channing Pollock, el gran manipulador americano de palomas. En lugar de reproducir la virtuosismo serio del modelo, Wessely propone una versión cómica, encarnada bajo el nombre artístico de «Cordini», apoyado por Christa en el papel de «Solange». El número, construido alrededor de una rutina de cuerdas acompañada de música clásica —el Aria en Sol de Bach— presenta en voz en off los pensamientos contrastados de los dos personajes, según un procedimiento de desfase cómico que se encuentra en otros sketches de la época, como «El pianista» de Bernard Haller.
El vestuario participa plenamente de este sello distintivo. Buscando un atuendo para su nuevo número, Wessely encuentra un lote de esmoquines en liquidación y decide: será un esmoquin negro. Esta elección de vestuario, aparentemente anecdótica, se convertirá en una marca de fábrica: en el documental Edernac, un mago (Arte France, 2004), Otto Wessely es descrito como «el campeón de la elegancia», capaz de hacer vivir un número de manipulación sin recurrir nunca al tradicional frac del prestidigitador clásico.
El Crazy Horse y la consagración
La culminación de esta trayectoria llega en 1984: Otto Wessely es contratado en el Crazy Horse, el mítico cabaret parisino, para su número cómico. Solo los prestidigitadores que trabajaban sin asistente eran entonces aceptados en este escenario —Otto debe, por tanto, actuar solo, una limitación que negocia concentrando todo el número en su propia presencia cómica. Permanecerá allí varios años, actuando a veces dos o tres veces por noche, hasta que la repetición desgaste inevitablemente la energía del número —un fenómeno que él mismo describirá con lúcida desilusión en sus memorias, pocas semanas antes de ser despedido.
Esta experiencia en el Crazy Horse sitúa a Otto Wessely en una estirpe de prestidigitadores de cabaret que forjaron, al margen de las grandes galas, una parte entera de la historia de la magia cómica francesa —junto a figuras como Gaëtan Bloom, George Carl o Jacques Delord, todos ellos pasaron por este mismo establecimiento en períodos similares.
El mentor discreto del Barrio Latino
Más allá de su carrera escénica, Otto Wessely ocupó un lugar singular en el ecosistema parisino de la magia profesional: el de anfitrión informal. El mago David Stone, en su obra The Real Secrets of Magic, describe así un pub ahumado del Barrio Latino donde, cada miércoles por la noche, bajo la atenta mirada de Otto Wessely, los magos profesionales se reunían después de sus espectáculos para intercambiar ideas, discutir técnicas y rehacer el mundo de la profesión. Esta cita semanal, mantenida a lo largo del tiempo, convirtió a Wessely tanto en una figura de transmisión como en un artista escénico —un referente para varias generaciones de profesionales parisinos, mucho después de que su propio número abandonara los escenarios del Crazy Horse.
Esta dimensión de mentor y aglutinador también se manifiesta en su participación regular en las grandes citas de la profesión. Otto Wessely figura así entre los ponentes recurrentes en congresos y conferencias organizados en Francia, y su nombre se asocia al de Éric Antoine —ambos compartieron escenario en una conferencia filmada y difundida en el canal de YouTube de Otto Wessely, donde también evoca, en la revista alemana Magische Welt, su famoso «combate de los dioses de las cuerdas» frente a Freddy Fah en el congreso FISM de 1970 en Ámsterdam— un episodio que ha quedado en la memoria de la profesión como un duelo técnico entre dos enfoques radicalmente diferentes de la magia de cuerda.
La cuerda como hilo conductor técnico
El número de cuerda de Otto y Christa Wessely merece un análisis técnico, ya que se inscribe en una tradición precisa de la magia de cabaret de los años 60-80: la de los «juegos de manos y de cuerdas» que también se encuentran en Jacques Delord o Pierre Edernac en el mismo período. A diferencia de estos últimos, cuyos números nunca fueron publicados formalmente en vida de sus creadores, el truco de cuerda de Wessely fue parcialmente documentado en video, notablemente a través del canal de YouTube que lleva su nombre, donde se puede ver la mecánica del número desplegarse en poco menos de cuatro minutos —una duración reducida que atestigua la constante preocupación por el ritmo cómico propio de Cordini. Esta cuestión de la duración no es anecdótica: el propio Wessely reconocería, años más tarde, la dificultad de mantener una hora de espectáculo con un número concebido originalmente para ocupar mucho menos tiempo, una limitación a la que respondería comprando e integrando nuevos efectos en su repertorio a lo largo de los años.
Una memoria escrita
En 2011, Otto Wessely publica sus memorias bajo un título que resume por sí mismo su filosofía de vida y de oficio: Soy una estrella como todo el mundo (Éditions FFAP, 300 páginas). La obra narra, con la autocrítica que caracteriza a su personaje escénico, este singular recorrido —desde los cabarets de tercera categoría hasta los miércoles por la noche del Barrio Latino, pasando por los años dorados del Crazy Horse. Este texto constituye hoy una de las fuentes más completas sobre la historia del cabaret mágico parisino de finales del siglo XX, citado y documentado por los investigadores que desde entonces se han dedicado a este período crucial de la magia cómica europea.
Un legado entre risa y elegancia
Lo que hace que la trayectoria de Otto Wessely sea particularmente instructiva para un mago de hoy en día es la forma en que articula dos exigencias que a menudo se contraponen: el rigor técnico de la manipulación clásica —heredada de Channing Pollock— y el sentido del contraste cómico, logrado no por la torpeza fingida sino por el desfase entre un personaje de convicción absoluta y una realidad más prosaica. El personaje de Cordini funciona precisamente porque nunca se burla de la magia misma: celebra, con una sabrosa seriedad, el poder de hacer soñar —incluso si deja entrever, en el fondo, la fatiga y la lucidez del artista que lo encarna noche tras noche.
Esta cuestión de la construcción de un personaje escénico atraviesa, por cierto, toda una generación de magos cómicos franceses con los que Otto Wessely interactuó o influyó, empezando por Éric Antoine, cuya trayectoria comparte con la de Wessely ese mismo gusto por la alianza entre técnica sólida y registro cómico asumido. Y para quien desee comprender cómo otro mago contemporáneo de Wessely, formado en los mismos círculos profesionales parisinos, construyó su propia leyenda, nuestro artículo sobre David Stone —quien documentó él mismo las noches de los miércoles en el pub de Otto Wessely— ofrece una visión complementaria de este ecosistema.
Conclusión
Otto Wessely nunca buscó ser el mago técnicamente más virtuoso de su generación. Su contribución reside en otra parte: en la minuciosa construcción de un personaje —Cordini, el impecable elegante con un esmoquin encontrado en liquidación—, en la rara longevidad de un número de cabaret repetido miles de veces sin agotarse por completo, y en el discreto pero esencial papel de punto de encuentro semanal para toda una profesión. Es esta triple identidad —artista de cabaret, personaje cómico y mentor informal— lo que convierte a Otto Wessely en una figura ineludible para comprender la historia de la magia escénica en Francia durante la segunda mitad del siglo XX.