La magia, el arte de soñar por excelencia. Seguramente todos hemos comenzado en la magia para intentar acercarnos lo más posible a ese misterio que a primera vista parecía impenetrable. La emoción suscitada fue tal que nos llevó a interesarnos en ella, para practicarla nosotros mismos y revivir a su vez esa emoción en nuestros espectadores.
Sin embargo, la historia es más sutil y más engañosa que eso. Al adentrarse en este arte y empezar a descubrir sus secretos, uno se desilusiona cada vez más, y a medida que uno se adentra en sus abismos, se pierde el asombro inicial, ese mismo asombro que nos hizo empezar este arte.
En este sentido, la figura del mago lleva en sí la de un hombre maldito. Maldito porque a medida que busca conocer este arte que tanto aprecia, pierde esa chispa, esa capacidad de sentir la emoción mágica. Por supuesto, se puede intentar tomar distancia, intentar no tener en cuenta los numerosos métodos y trucos que se conocen, pero no deja de ser una verdad implacable: a medida que uno se adentra en los entresijos de la magia, pierde su capacidad de asombrarse con ella.
Sin embargo, es algo suficientemente grave como para ser destacado. Si queremos a su vez hacer vivir esta emoción mágica a los espectadores, es absolutamente necesario poder impregnarse de ella y, por lo tanto, poder sentirla para poder transmitirla lo mejor posible.
Los espectadores no valoran la suerte que tienen, la de poder ser mistificados. Pero el hombre busca constantemente lo que no tiene, y parece casi humano intentar comprender lo que se nos escapa. Los pocos soñadores que se dejan llevar por el número son sin duda minoría en comparación con los otros que vienen por el desafío de comprender el "truco". Es entonces el mago quien debe montar un número suficientemente rodado para que esta "suspensión del rechazo a creer" funcione bien, como en el teatro o en el cine.
Sin embargo, a diferencia del séptimo arte donde no nos preguntamos cómo se pudieron realizar los efectos especiales, la magia tiene en sí esta parte de "desafío", que se encuentra además en el término de "prestidigitación" donde la agilidad de los dedos parece resumir el truco. Así, no se trata finalmente de saber si lo que vemos es real o no, sino directamente de saber cómo funciona. El término "ilusión" también anuncia el color, se busca engañar, "ilusionar" al espectador.
¿Cómo, entonces, seguir practicando nuestro arte sin perder su sabor? ¿Cómo podemos transmitir mejor estas emociones sin poder sentirlas plenamente de nuevo? Podemos acercarnos, por supuesto, pero quizás la solución deba buscarse en otra parte.
Quizás las ilusiones ópticas sean un medio interesante que parece resolver estos problemas: sabemos que nos van a engañar, incluso podemos conocer el funcionamiento preciso de esta ilusión óptica, pero esta siempre funcionará en nosotros. Así, parece posible acercarse aquí y allá a una forma de magia cuyo efecto sigue siendo insensible según si se conoce el método o no.
¿Hay aquí una primera pista que se extendería a un camino más grande y que finalmente permitiría al mago no sufrir más su propia maldición? La próxima vez que un espectador le pida que explique un efecto, piense en todo esto y valore la inaudita suerte que tiene de no saber nada de sus secretos.