¿Qué es el mentalismo? Definición, ética y límites
Una cuchara se dobla entre dos manos. El mentalista no pretende nada: no hay poder magnético, no hay fuerza misteriosa invocada en voz alta. Y sin embargo, unos instantes después, nueve de cada diez espectadores evocarán espontáneamente el magnetismo para explicar lo que acaban de ver. Esta escena, descrita por el mentalista Feodor durante un intercambio en el canal Détours de Magie, resume por sí sola lo que distingue al mentalismo del resto de la magia: no es tanto la naturaleza del fenómeno presentado como la naturaleza de la creencia que genera en el público. De ahí el interés de tomarse el tiempo para definir precisamente qué es el mentalismo, las técnicas que lo nutren y las cuestiones éticas que plantea en cuanto se practica seriamente.
El mentalismo, una magia que se dirige a la mente
El mentalismo se distingue del ilusionismo clásico por su objeto: mientras que la magia tradicional hace desaparecer, transformar o mover objetos, el mentalismo escenifica fenómenos que parecen provenir de la mente —lectura de la mente, predicción, influencia, hipnosis, memoria prodigiosa o incluso la torsión de objetos por la sola fuerza de la concentración. El procedimiento técnico varía según los efectos, pero el resorte psicológico se mantiene constante: convencer, durante el número, de que una capacidad mental extraordinaria está en juego.
Esta proximidad con fenómenos que algunos reivindican como reales —mediumnidad, magnetismo, telepatía— sitúa al mentalismo en una zona más ambigua que el resto de la magia. Un espectador sabe, por convención implícita, que un mago de cerca no hace desaparecer realmente una moneda. No siempre tiene la misma certeza ante un mentalista que parece adivinar una fecha de nacimiento o influir en una elección: es precisamente esta incertidumbre la que el mentalista puede elegir mantener o, por el contrario, disipar.
Las técnicas genéricas detrás de la ilusión
Sin desvelar un método preciso, se pueden describir a grandes rasgos las familias de técnicas en las que se apoya el mentalismo. La lectura en frío consiste en enunciar generalidades que se aplican a casi todo el mundo, formuladas de manera suficientemente personal para dar la impresión de un análisis individual. El forzaje, psicológico o material, orienta discretamente una elección de carta, número o palabra, dejando al espectador la impresión de una libertad total. Otros efectos se basan en una memoria entrenada, un cálculo mental rápido o una observación fina del comportamiento, sin que esta observación alcance necesariamente el nivel de precisión científica que algunos números hacen creer.
Es aquí donde el mentalismo popular a veces se desvía del rigor: nociones como la detección de mentiras mediante los movimientos oculares, popularizadas por algunos enfoques de programación neurolingüística, son hoy ampliamente cuestionadas por la investigación en psicología, mientras que siguen alimentando el imaginario de muchos números de mentalismo y, más ampliamente, la cultura popular.
De un mago a un mentalista: el testimonio de Feodor
Interrogado sobre su trayectoria, Feodor relata que pasó de la magia clásica al mentalismo al constatar que este registro era mejor valorado socialmente por una parte del público. Con los años, se volvió técnicamente capaz de convencer a un gran número de espectadores de que sus efectos eran reales, hasta el punto de considerar esta capacidad de persuasión como un objetivo en sí mismo. Sin embargo, una conversación con un amigo mago vino a sacudir esta trayectoria: este le preguntó si seguía afirmando que sus efectos eran reales ante agencias de eventos, fuera del contexto del espectáculo. Esta pregunta, aparentemente anodina, lo empujó a cuestionar parte de su práctica, en particular con respecto a sus seres queridos —familia, amigos de la infancia— que lo veían desde hacía tiempo y para quienes la frontera entre el personaje y la persona se volvía difícil de trazar.
El ejemplo de la cuchara: seguir siendo espectacular sin mentir
De este cuestionamiento nace un número que se ha vuelto central en su práctica. Frente a un espectador que sufre, por ejemplo, un dolor localizado, Feodor coloca las manos cerca de la zona dolorida, evoca una sensación de calor y luego simplemente pregunta cómo se siente la persona. En la gran mayoría de los casos, el dolor parece atenuarse. Entonces revela, sin rodeos, que acaba de ilustrar el efecto placebo: un fenómeno no solo psicológico sino también bioquímico, durante el cual el cuerpo libera endorfinas que bloquean parte de los receptores del dolor. El truco de la cuchara funciona con el mismo principio de sugestión, sin necesidad de reivindicar ningún poder magnético.
El interés de este enfoque es que permite ser totalmente honesto sobre la naturaleza del fenómeno —una sugestión, no un poder sobrenatural—, a la vez que se mantiene, o incluso se refuerza, el efecto de asombro producido, ya que el mecanismo científico revelado es en sí mismo fascinante. Feodor observa además que esta transparencia no decepciona ni a los espectadores escépticos, aliviados de ver confirmadas sus dudas sin que el número pierda su fuerza, ni a los espectadores más crédulos, que siguen siendo libres de interpretar la experiencia como deseen, sin que se les haya intentado imponer una conclusión.
¿Aliado o falso amigo del espíritu crítico?
Esta pregunta fue objeto de una conferencia que Feodor impartió ante un público de escépticos, en torno al tema: ¿es el mentalismo un aliado o un falso amigo del pensamiento crítico? Su conclusión es matizada pero rotunda: en el estado actual de la profesión, el mentalismo, según él, transmite más creencias erróneas de las que disipa, simplemente porque el nivel de cultura científica de los mentalistas refleja globalmente el del público al que se dirigen. Nociones como la lectura del lenguaje corporal o la detección de mentiras por microexpresiones, ampliamente popularizadas por la ficción, se presentan así regularmente como habilidades dominadas con una precisión que rara vez alcanzan en realidad.
Para ilustrar este riesgo, Feodor evoca una demostración construida en torno a una partida de cartas al estilo póker, donde simula adivinar la fuerza del juego de un participante gracias a la lectura de sus reacciones faciales y posturales, antes de revelar, en un segundo momento, que el resultado habría sido idéntico sin observar nunca su rostro. El objetivo no es demostrar un poder, sino deconstruir, con la misma puesta en escena que había permitido hacerlo creer, la idea preconcebida de que este tipo de lectura conductual sería de una fiabilidad absoluta.
Abusos que van más allá de la simple pretensión de poderes
El debate ético en torno al mentalismo no se limita a los mentalistas que reivindican abiertamente poderes sobrenaturales —una deriva relativamente identificable y ya ampliamente denunciada dentro de la profesión, en la continuidad de una tradición de magos que se oponen a los falsos médiums. Feodor señala una zona más discreta y, según él, insuficientemente discutida: la de los mentalistas que venden habilidades pseudocientíficas presentadas como reales y transferibles, especialmente en el mundo empresarial. Cita el ejemplo de formaciones que cuestan varios miles de euros, destinadas a equipos comerciales, supuestamente para enseñarles a detectar mentiras en un cliente gracias a un método de «calibración» conductual cuya validez científica sigue siendo, en el mejor de los casos, incierta.
Esta misma lógica se encuentra, más ampliamente, en ciertos aspectos del desarrollo personal, donde técnicas de influencia o sugestión tomadas del mentalismo circulan sin el marco explícito del espectáculo —con un riesgo creciente de verdadera manipulación, ya que el público ya no está informado de que está asistiendo a un número.
Los límites que un mentalista se impone
Ante estas zonas grises, Feodor describe varios principios que aplica a su propia práctica. Evita, en el contexto de eventos —bodas, fiestas de empresa, donde los espectadores se conocen y, de forma inevitable, intercambiarán sus impresiones después— los métodos que se basan en un cómplice, juzgando que el riesgo de ser descubierto es demasiado alto y la experiencia desigual entre espectadores es demasiado problemática en este contexto preciso, aunque reconoce la legitimidad de esta técnica en otros contextos, como el teatro. Frente a un espectador convencido de estar presenciando un fenómeno real, prefiere una postura que califica de científica: nunca afirmar directamente que un fenómeno como el magnetismo o la mediumnidad es falso, lo que provocaría una reacción de rechazo contraproducente, sino abrir una explicación alternativa sin cerrar la puerta a otras interpretaciones, dejando a cada uno la responsabilidad de su propia conclusión.
También menciona el juramento de discreción que existe en algunas federaciones de magos, que compromete, entre otras cosas, a no usar la magia con fines maliciosos —un compromiso que considera necesario pero que, en la práctica, se aplica poco, por falta de un marco de discusión suficientemente desarrollado dentro de la profesión sobre estas cuestiones.
Un arte que hay que tomar en serio
Lejos de ser un simple entretenimiento inofensivo, el mentalismo apela a poderosos resortes psicológicos: la creencia, la sugestión, la confianza depositada en una figura que parece saber más de lo que debería. Es precisamente esta potencia la que, según Feodor, merece ser asumida y explicada al público en lugar de disimulada: recordar que la ilusión mental, en malas manos, puede servir para explotar una debilidad o para establecer un control, es también una forma de respetarla. Estas cuestiones de sugestión y creencia se unen, por otra parte, a las que aborda Claude de Piante en torno a la sinceridad del actor-mago, así como al tema tratado en ¿Qué es la hipnosis?, disciplina con la que el mentalismo comparte varios mecanismos de sugestión. Para una panorámica de las figuras que encarnan hoy esta disciplina en Francia, Los mentalistas franceses complementa útilmente esta reflexión. En un plano más teórico, el libro Du sang bleu et des étoiles de Quentin Metenier prolonga esta interrogante sobre el sentido y la responsabilidad que conlleva hoy la práctica de la magia y el mentalismo.