Uri Geller: el hombre que doblaba cucharas y dividía el mundo de la magia

El hombre que doblaba cucharas y fascinaba al mundo entero

Pocas figuras han polarizado tanto el mundo de la magia y lo paranormal como Uri Geller. Desde principios de los años 70, este israelí, convertido en celebridad televisiva mundial, se ha forjado una reputación única: la de un hombre que afirma, sin probarlo formalmente nunca, poseer poderes psíquicos reales —telequinesis, telepatía, capacidad de doblar metal con la sola fuerza de la mente—, siendo al mismo tiempo considerado por la abrumadora mayoría de la comunidad mágica como un hábil prestidigitador que simplemente se ha negado, durante toda su vida, a admitir la naturaleza puramente técnica de sus números.

La cuchara doblada, símbolo de toda una carrera

El truco de la cuchara retorcida por la sola concentración mental, ejecutado por primera vez en televisión a principios de los años 70, sigue siendo indisociable del nombre de Uri Geller, hasta el punto de haberse convertido en una expresión cultural en sí misma. El principio técnico que subyace a este efecto —una combinación de preparación discreta del objeto y manipulación hábil mientras la atención del público está en otra parte— está hoy bien documentado en la literatura mágica dedicada a la manipulación de objetos metálicos. Pero la habilidad verdaderamente notable de Geller nunca residió únicamente en la técnica en sí, ampliamente conocida por los magos de su época, sino en su capacidad para construir, alrededor de un truco relativamente clásico, todo un discurso de convicción personal que acabó por persuadir a una parte significativa del gran público de la realidad de sus poderes.

Una biografía envuelta en misterio y servicios secretos

Uno de los aspectos más fascinantes —y extraños— de la carrera de Uri Geller reside en las múltiples afirmaciones, nunca totalmente confirmadas ni desmentidas, sobre su supuesta colaboración con agencias de inteligencia. Un documental de la BBC planteó la hipótesis de que Geller habría contribuido, gracias a sus supuestos poderes psíquicos, a interferir los radares durante el asalto israelí de Entebbe en 1976 —una afirmación que los historiadores de la aviación han descartado en gran medida, explicando que las aeronaves israelíes simplemente escaparon a la detección volando a muy baja altitud a lo largo de zonas sin cobertura de radar. El propio Geller, al ser interrogado sobre estos episodios, siempre ha cultivado una ambigüedad calculada, negándose explícitamente a «ni confirmar ni desmentir» los relatos más extraordinarios que circulan sobre él —una postura que, lejos de perjudicar su reputación, paradójicamente ha reforzado su misterio ante el gran público.

Esta misma fuente también informa que los servicios secretos británicos habrían solicitado a Geller en 2001 para participar en un estudio sobre el «remote viewing», este supuesto uso de capacidades psíquicas para localizar personas u objetos a distancia —una práctica cuya eficacia nunca ha sido validada por la investigación científica seria, pero que sin embargo despertó un interés real por parte de algunas agencias gubernamentales durante la Guerra Fría, más motivado por el bajo coste de la experimentación que por una convicción científica establecida.

El duelo con James Randi: la confrontación que marcó una generación

Ningún retrato de Uri Geller estaría completo sin mencionar su rivalidad de varias décadas con James Randi, el famoso mago y escéptico estadounidense que dedicó una parte importante de su carrera a desmitificar públicamente las técnicas empleadas por Geller, llegando incluso a reproducir sus efectos de doblado de metal en condiciones controladas para demostrar que no era necesaria ninguna capacidad paranormal. Este duelo, documentado especialmente en la película dedicada a la vida de Randi, se ha convertido en emblemático de un enfrentamiento más amplio entre la comunidad de magos escépticos y los practicantes que reivindican poderes auténticos —una tensión que todavía hoy atraviesa los debates sobre la ética del mentalismo y la frontera entre el entretenimiento asumido y la pretensión fraudulenta de dones reales.

Una lección duradera para la profesión

El caso Uri Geller ilustra, de forma casi caricaturesca, los desafíos éticos que atraviesan todo el universo del mentalismo y la magia mental: el de la frontera entre el entretenimiento asumido, donde el público sabe que está asistiendo a un número de prestidigitación, y la pretensión de poderes auténticos, que implica una responsabilidad moral muy diferente hacia el espectador. Es precisamente esta cuestión la que estructura las cartas éticas adoptadas por numerosas asociaciones profesionales de mentalistas, que instan a sus miembros a situar siempre explícitamente su práctica en el ámbito del entretenimiento en lugar de mantener, como hizo Geller durante varias décadas, una ambigüedad comercialmente rentable pero éticamente discutible.

En el plano estrictamente técnico, el legado de Geller tampoco es despreciable: sus demostraciones contribuyeron a popularizar, mucho más allá de los círculos de magos, toda una gama de técnicas de manipulación de objetos metálicos y de lectura psicológica aplicada que hoy en día siguen siendo estudiadas y enseñadas, aunque la mayoría de los mentalistas contemporáneos optan por presentarlas con una transparencia sobre su naturaleza técnica que Geller nunca concedió.

Conclusión

Uri Geller sigue siendo, más de medio siglo después de sus primeras apariciones televisivas, una de las figuras más controvertidas y fascinantes de la historia del mentalismo mundial. Su obstinada negativa a desmitificar sus propios números, unida a una biografía envuelta en misterios reales o fabricados, lo convierte en un caso de estudio único para cualquiera que se interese por la tenue frontera entre la actuación de entretenimiento y la pretensión de poderes auténticos —una cuestión que la profesión del mentalismo sigue teniendo que abordar hoy en día con la máxima rigurosidad ética.

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