En el taller de uno de los últimos artesanos cartoneros de Francia
Un oficio que aún se cuenta con los dedos de una mano
En Francia existe un puñado de artesanos capaces de fabricar, de la A a la Z, una baraja de cartas completamente a mano. No hay fábrica, no hay cadena de producción, no hay tiradas de decenas de miles de ejemplares: solo papel, pegamento casero, una piedra de ágata y horas de secado en plano. Hablamos de unas treinta personas en todo el territorio, sin asociación profesional que las federe. Un círculo más restringido que el de los propios magos profesionales.
Este oficio casi olvidado merece nuestra atención, no como una curiosidad folclórica, sino como un recordatorio útil para cualquiera que manipule cartas a nivel profesional: el objeto que se baraja, se fuerza, se empalma o se hace volar en el escenario tiene una historia material, una fabricación, una razón de ser física, mucho antes de ser un soporte de efecto.
De la cocina al taller: el nacimiento de Cartogramme
Este es el caso de Agnès Kapler, artesana cartonera instalada cerca de París bajo la marca Cartogramme. Su trayectoria no se debe a una formación clásica: empezó, dice, "en su cocina", probando recetas de pegamento e inspirándose en enciclopedias del Siglo de las Luces, que describían con una precisión técnica notable los antiguos oficios artesanales, incluido el de cartonero. Al no poder conocer a muchos otros artesanos del sector, fue en estos textos antiguos donde extrajo la mayor parte de sus conocimientos, antes de reelaborarlos mediante la experimentación.
La actividad, realmente iniciada en 2018, fue declarada oficialmente en 2020, en pleno período de confinamiento, un momento paradójicamente propicio para este tipo de proyectos. El nombre Cartogramme condensa todo un universo: la contracción de "cartas" y "holograma", asociada a la "Ka" inicial como guiño a su padre, aficionado a la astronomía. Una manera de sugerir que la carta de juego nunca es un objeto plano: es multidimensional, tanto por su iconografía como por su grosor físico, construido en varias capas.
El protocolo de fabricación, paso a paso
El método que practica Agnès Kapler retoma, en sus líneas generales, las técnicas históricas de los cartoneros del Antiguo Régimen. Una vez que el archivo de ilustración está listo para imprimir, el trabajo se descompone en varias fases distintas, cada una condicionando la siguiente:
- La preparación del papel: corte y calibración del soporte antes de la impresión, con los ajustes colorimétricos necesarios.
- El contracolado (o maruflaje): la cara y el dorso de la carta se pegan a ambos lados de un cartón central —el "pack"— con un pegamento preparado artesanalmente, que le da a la carta su grosor y resistencia.
- El secado en plano: las hojas, empapadas de humedad por el pegado, deben secarse lentamente entre papeles secantes y planchas de madera, idealmente bajo prensa, para garantizar una planitud perfecta —el enemigo de todo cartonero es la carta que se comba.
- El alisado con jabón: se utiliza una piedra de ágata para hacer penetrar el jabón en la superficie, lo que evita que el papel "chupe" la humedad de los dedos y garantiza el deslizamiento necesario para barajar las cartas.
- El corte final y el redondeado de las esquinas, que facilita el agarre y permite organizar el mazo antes de la entrega.
Este proceso, que puede parecer meticuloso hasta la obsesión, explica en gran medida por qué la producción artesanal nunca superará la escala de unos pocos cientos de mazos al año. En una decena de años de actividad, Cartogramme ha producido entre 300 y 500 mazos, un volumen que una imprenta industrial despacha en unas pocas horas.
Restaurar la historia: el caso del tarot Caragas
Entre los proyectos en curso en el momento de la visita figura la reconstitución de un tarot histórico: el de Claude-François Caragas, cartonero activo en Chambéry en 1815. El trabajo se lleva a cabo en colaboración con el artista argentino Pablo Robledo, especialista reconocido en la restauración de tarots antiguos tipo Marsella, cuya labor consiste en recuperar los trazados originales al tiempo que reelabora la percepción de los colores para devolverles su legibilidad.
El interés del tarot Caragas radica en su posición clave en la historia iconográfica de los tarots: se sitúa entre los tarots de Besançon, los tarots de Marsella llamados "de tipo I" y los llamados "de tipo II". La distinción entre estos dos tipos, bien conocida por los coleccionistas pero rara vez detallada para un público de magos, se basa en varios marcadores precisos. En los tarots de tipo I, los más antiguos —hasta principios del siglo XVII— los rayos del Sol se representan rectilíneos, la Luna mira al espectador, y el Enamorado lleva los ojos vendados. En los tarots de tipo II, posteriores al siglo XVII, los rayos solares son ondulados, la Luna se ve de perfil, y el angelito de la carta del Enamorado tiene los ojos descubiertos. El tarot Caragas, por su parte, toma prestado de ambas tradiciones al tiempo que revela influencias procedentes de las regiones del Este, en los confines de Alemania, signo de los intercambios constantes entre talleres de cartoneros en toda Europa.
Esta rigurosidad genealógica no tiene nada de anecdótica para un lector interesado en la historia de la magia y el mentalismo: recuerda que los tarots, antes de convertirse en soportes de tirada o de mentalismo temático, eran primero objetos regionales, cuya iconografía llevaba la huella de las rutas comerciales y de las influencias artísticas cruzadas.
Una clientela de nicho, entre colección y creación
¿Quién encarga hoy un juego de cartas hecho a mano? Tres perfiles se repiten regularmente. En primer lugar, coleccionistas exigentes, que buscan una pieza de calidad, rara, hecha para durar en el tiempo —a menudo un tarot, a veces un juego de cartas clásico o un juego de aluette regional. Luego, artistas o magos que han diseñado su propio juego y vienen a fabricarlo ellos mismos en el taller, un proceso casi iniciático de principio a fin. Finalmente, coleccionistas que poseen un juego antiguo demasiado valioso para ser manipulado, que encargan una reproducción artesanal destinada al uso real, mientras el original permanece preservado.
Un proyecto mencionado durante la visita ilustra bien esta porosidad entre artesanía y creación escénica: un tarot llamado "Hombre", inspirado en una novela homónima, cuyos veintidós arcanos mayores ilustran cada uno un capítulo del relato. La ambición declarada es hacer de estas cartas el soporte visual de un espectáculo que combine música y danza, recitado a partir de extractos del libro, una manera concreta de hacer dialogar objeto, narración y escena, un terreno que hablará directamente a los lectores que trabajan la narración en magia.
La artesanía frente al gigante industrial
Para medir la distancia entre esta producción artesanal y la industria de las cartas de juego, basta con mirar el otro extremo de la cadena. En Francia, el sector industrial se remonta a 1848, cuando Baptiste-Paul Grimaud compra el taller del maestro cartonero Arnould, establecido en París desde 1750. La empresa crece, cambia de manos, absorbe la marca Ducale en 1946 y luego se convierte en el grupo France Cartes, propietario, entre otros, de Héron y Dusserre. En 2014, este grupo —líder del mercado europeo con más de mil referencias y proveedor de los mayores casinos franceses— es adquirido por el gigante belga Cartamundi, cuya historia industrial se remonta a 1796 en Turnhout, y que entonces facturaba más de 150 millones de euros con 1300 empleados repartidos por varios continentes.
Es esta misma rama industrial la que, más tarde en el siglo XX y al otro lado del Atlántico, dará origen a los mazos de cartas que todo mago profesional manipula a diario —empezando por las Bicycle, cuya historia de fabricación industrial sigue una trayectoria radicalmente opuesta a la de un taller como Cartogramme. Por un lado, millones de mazos estrictamente idénticos, calibrados para el rendimiento y la manipulación técnica; por el otro, un objeto único, pensado pieza a pieza, donde la más mínima variación de pegado o secado se convierte en una firma más que en un defecto. Las dos lógicas no se oponen realmente: responden a necesidades diferentes, la de la herramienta de trabajo reproducible por un lado, la del objeto de colección y de memoria por el otro.
Transmitir el gesto: talleres abiertos al público
Queda una dimensión esencial de esta actividad: la transmisión. Regularmente, el taller Cartogramme acoge a dos o tres personas durante una tarde para que fabriquen, de la A a la Z, tres cartas de juego en formato ampliado, transformadas en objetos decorativos y terminadas con un trabajo de iluminación de los símbolos. Estas sesiones, reservables a través de plataformas de contacto entre artesanos y público, son también una ocasión para la artesana de participar en las jornadas europeas de los oficios de arte, generalmente en primavera, donde el gran público descubre un saber hacer que no sospechaba.
Esta actividad pedagógica no es un simple añadido comercial: contribuye directamente a la supervivencia del oficio. Sin escuela, sin una formación dedicada a la carta de juego artesanal, es a través de este tipo de transmisión informal —talleres, vídeos, intercambios entre practicantes aislados unos de otros— que el saber hacer sigue existiendo.
Lo que la materia le recuerda al mago
A menudo olvidamos, una vez superada la fase de principiante, que la baraja de cartas es un objeto fabricado antes de ser un accesorio. Su deslizamiento, su gramaje, su flexibilidad, la calidad de su encolado condicionan directamente la viabilidad de ciertas técnicas, y la historia de barajas que se han convertido en míticas para los magos, como las Jerry's Nugget, cuyo acabado químico original ya no se puede reproducir idénticamente, nos recuerda que esta dimensión material siempre ha sido tan importante como el diseño impreso.
Visitar un taller como el de Agnès Kapler es, por tanto, volver a la fuente de un objeto que damos por sentado: redescubrir que detrás de cada paquete de cincuenta y dos cartas se esconde un proceso que, durante siglos, fue enteramente manual —y que, en un puñado de artesanos, ha permanecido así. Una forma también de recordar que el rigor técnico que anima un buen número de cartomagia o mentalismo encuentra un eco directo en el, paciente y exigente, del cartonero.